Rayos y centellas

Autor: A. Otaduy. Título: Interior del campanario de San Juan Bautista de Mondragón ©.

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Recientemente un ciudadano de Mondragón, el señor Aitor Orobengoa, me proporcionó la copia de un interesantísimo documento conservado en las guardas de un antiguo libro(1) que, como apuntaba mi informante, perteneció a Lorenzo Agustín de Mendizabal Murube(2). Según recogía dicho texto, el señor Mendizabal sufrió un trágico incidente en la parroquia de San Juan Bautista de Mondragón. Un edificio cuya primera mención data del año 1318(3).

Al parecer el día de san Pedro del año 1779, a las tres de la tarde, mientras se leía el quinto salmo, un rayo cayó en el chapitel del reloj del campanario parroquial. El cable de ese reloj hizo la función de conductor eléctrico y a través de ese cable, el rayo circuló hasta dar a parar con el muro de la propia torre a la que arrancó seis o siete piedras que cayeron al suelo, afortunadamente, sin herir a nadie.

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La pescadera de Deba y las sardinas de la discordia

Autor: Pannemaker. Título: Vendedoras de pescado de Ondarroa. Fecha: 1880. Signatura: ZM : Z,3 – TOMO III – PAG. 368 Fuente: Álbum siglo XIX. Diputación Foral de Gipuzkoa.

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Casi todo el mundo ha tarareado alguna vez la popular canción “Desde Santurce a Bilbao” en la que se narra unos hechos, al parecer verídicos, según los cuales las vendedoras de sardinas de esa villa de Vizcaya se adentraban por la ría del Nervión para vender su pescado en la capital, Bilbao.

Pero, no sólo las sardineras de Santurce recorrían a pie largas distancias para vender su pescado fresco. También lo hacían las mujeres de otras villas costeras vascas como San Juan de Luz, Ondarroa o Deba.

De hecho, la protagonista de esta historia es una mujer, de esa última localidad, llamada María López Olabarrieta. Una vendedora de pescado, viuda del que fuera su marido Francisco Ariztondo(1), con quien tuvo dos hijos: Juan(2) y Magdalena(3). Probablemente la única que quedaba con vida cuando su madre protagonizó el litigio contra el ventero que tenía a su cargo la casa de hospedaje de Malzaga, en Eibar, donde paraban los viajeros que iban desde la costa hacia los pueblos del interior del valle del Deba y, probablemente, también quienes iban de Bilbao hacia Tolosa.

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